Vocación de ternura
Acababa de llegar al consultorio enclavado en Manuel Lazo, tras un viaje difícil por caminos intrincados de La Grifa, La Güira, la Península de Guanahacabibes y El Vallecito. El transporte escasea, pero ella llega. Llega porque los niños la esperan, porque su vocación no entiende de distancias ni de obstáculos. “No es fácil, pero lo hago porque ellos son mi razón de estar aquí”, dice, y en su voz se adivina la fidelidad de quien ha hecho de la medicina un acto de amor.
Roxana Álvarez Gutiérrez tiene 28 años y una certeza que la acompaña desde la infancia: ser médico. “Siempre tuve claro que quería serlo. No entendía lo que significaba llevar una bata blanca, pero sí sabía que quería ayudar”, recuerda. Dos tíos vinculados al área de la salud —uno de ellos enfermero en una ambulancia— fueron los primeros en mostrarle que la vocación podía convertirse en destino.
En la Universidad de Ciencias Médicas, la rotación por pediatría fue revelación. Allí conoció a Héctor, un niño que la esperaba con una sonrisa y que convirtió cada consulta en juego. “Ver su recuperación y el agradecimiento de su madre me dieron la certeza de que quería ser pediatra”. Desde entonces, supo que su vida estaría marcada por esas pequeñas batallas ganadas contra el miedo y la enfermedad.
El internado coincidió con la COVID-19. Viajes diarios desde Consolación a Pinar del Río, guardias interminables, noches de estudio. “La perseverancia es no rendirse ante un caso y luchar hasta lograr la recuperación del niño”, afirma, y uno entiende que no habla de teoría, sino de resistencia.
En la consulta, la escena se transforma. Se quita la bata para que los pequeños pierdan el miedo. A veces se convierte en paciente y deja que ellos la ausculten. “Cuando el niño juega a ser médico, se siente seguro. Y yo me siento más cerca de él”. Esa pedagogía de la ternura convierte la medicina en un acto de confianza.
Hay momentos que la marcan. Una madre que le envió un video de su hijo dando sus primeros pasos y solo escribió “gracias”. Un adolescente con una herida grave en la cabeza, trasladado en ambulancia en plena madrugada. “Fueron minutos de mucha tensión, de pensar que podía perderlo. Días después, el padre me buscó y me abrazó con tanta emoción que entendí que mi trabajo realmente había salvado una vida”.
La pediatría, para ella, es respeto, empatía, solidaridad, honestidad. “Puede que me digan chapada a la antigua, pero no traicionar la confianza de nadie es mi filosofía de vida”.
El 8 de marzo nos invita a mirar hacia mujeres como Roxana, que sostienen la esperanza desde la consulta, que convierten la bata en símbolo de ternura y que definen su profesión en una sola palabra: amor. Amor por los niños, amor por la medicina, amor por la vida.
Cada día, los niños también le enseñan algo. “Me enseñan valentía, fortaleza y esperanza. Ellos son los verdaderos protagonistas de nuestro trabajo”.
Roxana Álvarez Gutiérrez no solo es pediatra. Es mujer, es joven, es fiel a sí misma. Y en esa fidelidad se encuentra la raíz de su dignidad y la fuerza de su vida.
