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Vocación que no se jubila

Llegaba al Policlínico Ernesto Che Guevara con esa bata blanca ya un poco gastada por los años, pero siempre impecable. Sesenta y tres años y todavía con esa luz tranquila en los ojos. La doctora Barbarita Fuentes Ledesma se sentó frente a mí y, con esa voz suave y cariñosa, empezó a contarme su historia como si estuviéramos en la sala de su casa, tomando café.
“Desde chiquitica yo ya sabía que esto era lo mío”, me dijo, y se le humedecieron los ojos.
Todo empezó en la vega, al lado de su papá, un campesino humilde que sembraba arroz y cortaba madera. Cuando él llegaba con alguna espinita o una heridita, la pequeña Barbarita, de apenas seis o siete años, le sacaba las astillas con una aguja y le lavaba la herida con jabón, mercurio y agua. Él la miraba lleno de orgullo y le repetía: “Tú vas a ser mi enfermera… tú tienes que estudiar para cuidarme cuando yo sea viejo”. Esa frase se le metió en el alma para siempre.
Era la mayor de cinco hermanos y la única que agarró fuerte el camino de la medicina. Se graduó en 1989 y desde entonces no ha parado. Ha pasado por círculos infantiles, consultorios, atención primaria… y terminó enamorándose de la Higiene y Epidemiología, donde hoy es jefa aquí mismo, en el Policlínico Ernesto Che Guevara de Sandino.
Pero el dilema más bonito de su vida lo armó en su propia casa. Se casó con un médico ginecólogo y juntos formaron una verdadera familia de batas blancas. Tienen dos hijas que también son médicas: una especialista en MGI que cumplió misión en Jamaica, y la otra, de 26 años, ya en tercer año de la especialidad. Cuatro médicos bajo un mismo techo. Cuatro formas distintas de ver la salud, pero el mismo corazón grande.
En las cenas familiares se forman unas discusiones lindas y apasionadas: Barbarita defendiendo la prevención, las estadísticas y el trabajo callado de la epidemiología; las muchachas diciéndole que “eso es de papeles” y que ellas prefieren estar tocando al paciente y curando. El papá con su ginecología en medio. Se ríen, se contradicen y se quieren más. Un amigo de Las jarretas bromea diciendo que les va a hacer un consultorio de dos pisos: dos médicos abajo y dos arriba.
Barbarita ha tenido que elegir muchas veces. Elegir irse a Brasil en misión en 2017 durante 20 meses, elegir seguir en Higiene y Epidemiología aunque su especialidad es MGI, y elegir, ahora con 63 años, no jubilarse todavía. “Pudiera estar en mi casa descansando, pero no quiero. Me gusta tocar al paciente, ponerle tratamiento y ver cómo mejora”, me dice con esa sonrisa serena y firme.
Ha sentido cansancio, ha llorado en los momentos duros, pero siempre eligió quedarse, seguir entregando. Y aquí sigue, en el Policlínico Ernesto Che Guevara, cuidando la salud de su pueblo con la misma pasión de siempre.
Al final le pregunté si, si volviera a nacer, sería médico otra vez.
—Sí —respondió sin dudar, con los ojos brillosos—. Volvería a ser médico.
Y ahí está la grandeza de Barbarita: no es solo una médica que no quiere jubilarse. Es una mujer que ha convertido su vocación en legado vivo. Cuatro batas blancas en una sola casa. Cuatro corazones latiendo por la salud de otros. Un ejemplo claro de que cuando el amor y el deber se juntan, nacen familias que sanan pueblos enteros.
Doctora Barbarita, Sandino no solo la necesita… la honra. Su vida es prueba de que las verdaderas vocaciones no se retiran: se multiplican. Y la suya ya vive en sus hijas, en su esposo y en cada persona de este pueblo a la que usted ha cuidado con las manos y con el alma.
Gracias por no soltar nunca. Su huella es imborrable.

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