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Tita, la mujer que no se rinde

A María Josefa Suárez Jiménez le dicen Tita. No por cariño, aunque lo hay. No por costumbre, aunque también. Le dicen Tita porque ese nombre suena a raíz, a tierra firme, a mujer que no se dobla. En Sandino, si alguien pregunta por ella, no hay que explicar mucho. Basta con decir “la federada”, “la de Cultura”, “la que estuvo con Vilma”. Y ya.

Tita tiene el andar sereno de quien ha caminado mucho sin perder el rumbo. Habla como quien todavía tiene cosas por hacer. Y las tiene. Cada día se levanta temprano, revisa papeles, llama a mujeres, organiza actividades, escucha problemas. No porque le paguen. No porque le pidan. Lo hace porque cree. Cree en la FMC como quien cree en la familia. Cree en la cultura como quien cree en el pan. Cree en las mujeres como quien cree en sí misma.

Fue directora de Cultura en Sandino. Y no fue una directora de oficina. Fue una directora de calle, de barrio, de feria, de libro en mano. En el Período Especial, cuando todo escaseaba menos la tristeza, ella organizaba intercambios entre bloques. Llevaba poesía, canciones, esperanza. “La cultura es resistencia”, decía. Y lo decía sin solemnidad. Lo decía como quien sabe que sin cultura no hay país.

Tita convirtió la cultura en refugio. Bajo su dirección, las ferias del libro no eran eventos: eran encuentros. Las presentaciones artísticas no eran espectáculos: eran abrazos. Supo que la cultura no se impone, se comparte. Y por eso, cada actividad que organizaba tenía algo de ritual, algo de casa abierta, algo de comunidad que se reconoce.

En su bloque “Candelaria Acosta”, hay 172 federadas. Y todas la respetan. No porque mande. Porque acompaña. Tita no impone. Tita pregunta. Escucha. Se sienta con la mujer que no quiere participar y le dice: “¿Qué te pasa?”. Y la mujer habla. Y Tita no juzga. Tita abraza. Y después, sin presión, la mujer aparece en la próxima actividad. Porque Tita no convence. Tita contagia.

Una vez fue delegada al Congreso de la FMC. Compartió con Vilma Espín. Escuchó a Fidel. Pero no presume. Lo cuenta como quien recuerda una tarde importante. Lo que más le importa no es eso. Es que su bloque sea Vanguardia Nacional. Es que los niños aprendan a decir “igualdad”. Es que las mujeres se sientan dignas.

Y cuando no está organizando, está moviéndose. Participa activamente en el círculo de abuelos del barrio, donde no va a descansar, sino a ejercitarse, a compartir, a seguir siendo útil. Porque Tita no se detiene. No se jubila del compromiso. No se retira de la vida.

Cuando le preguntan cómo hace para seguir, responde: “Promoviendo amor como mujer cubana y motivación. Porque sin eso, la cosa no sale bien”. Y uno entiende que Tita no es solo una mujer. Es una forma de estar. Una forma de cuidar. Una forma de resistir sin escándalo, sin ruido, sin pausa.

Tita no se rinde. Y por eso, Sandino tampoco.

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