Crónica: Que Pique las Ganas (y la Vergüenza) de Combatir el Dengue
Hay cosas que no deberían repetirse.
Como el zumbido de un mosquito en la madrugada.
Como el cuerpo de un niño temblando de fiebre mientras su madre le pone paños fríos y reza, aunque no crea.
Como la frase que se repite en los pasillos del policlínico: “Otro caso más.”
Y sin embargo, se repiten.
Porque hay cosas que no deberían olvidarse, pero se olvidan.
Como tapar el tanque.
Como vaciar el florero.
Como entender que el dengue no llega por castigo divino, sino por descuido humano.
La inconsciencia social tiene formas sutiles.
Tiene la forma de una botella cortada que acumula agua en el patio.
Tiene la forma de una excusa: “No tengo tiempo.”
Tiene la forma de una mirada que se aparta cuando se habla de prevención, como si la salud fuera responsabilidad de otros.
Y mientras tanto, el mosquito se reproduce.
No necesita permiso.
No espera conciencia.
Solo necesita que no hagamos nada.
Hay campañas, sí.
Hay carteles, charlas, brigadas.
Pero también hay indiferencia.
Y la indiferencia mata más lento, pero mata igual.
¿Qué nos pasó?
¿En qué momento dejamos de entender que la salud pública empieza en la puerta de casa?
¿En qué momento decidimos que era más fácil convivir con el riesgo que enfrentarlo?
Que nos pique, sí.
Que nos pique el mosquito, si hace falta.
Pero que nos pique también la vergüenza.
La vergüenza de mirar para otro lado.
La vergüenza de no hacer lo mínimo.
La vergüenza de esperar que otros limpien lo que nosotros ensuciamos.
Porque combatir el dengue no es heroísmo.
Es sentido común.
Y si el sentido común se ha vuelto revolucionario, entonces que seamos revolucionarios.
Con escoba en mano.
Con conciencia despierta.
Con las ganas intactas de no repetir la historia.