Florecer desde la raíz.
Wilfredo García Rodríguez no habla alto, pero cuando recuerda, ilumina. Tiene la serenidad de quien ha vivido sin prisas y sin atajos, como si cada año hubiese sido una pieza colocada con paciencia en el rompecabezas de la vida.
Se crió entre dos raíces: el Entronque de Herradura y Palmarejo. Dos puntos en el mapa que para él no son geografía, sino sustento. En uno aprendió el valor del esfuerzo; en el otro, el abrazo materno y la certeza de que siempre hay un lugar al que volver. Dice que tiene “dos compartimientos de familia”, y lo explica sin dramatismos, como quien entiende que el corazón puede extenderse sin dividirse.
Muchos lo conocieron entre sacos, inventarios y madrugadas largas. Trabajó durante años en almacenes de tabaco. Fue jefe del almacén central de pesticidas y fertilizantes. Y cuando evoca aquella etapa, no presume del cargo: habla de los campesinos. De los días y noches sin descanso. De la responsabilidad que no admitía descuidos. “En aquel tiempo no se jugaba, se trabajaba fuerte”, dice, y en la frase no hay queja, hay orgullo.
Aún hoy, cuando alguno de aquellos hombres lo encuentra, se detienen a reconstruir historias mínimas: la urgencia de un insumo, la cosecha amenazada por la lluvia, el café compartido antes del amanecer. La memoria, en Wilfredo, no es nostalgia; es gratitud.
Pero el tiempo, que todo lo transforma, lo llevó a otra estación.
En la Casa de Abuelos encontró algo que no esperaba: una segunda juventud sin carreras. Allí el reloj no apura; acompaña. El dominó golpea la mesa con la misma energía con que antes se cerraban los almacenes al final de la jornada. Las risas sustituyen el peso del cansancio. Los chistes viajan más ligeros que los años.
“Esto es más que una familia”, asegura, y lo dice mirando alrededor, contando rostros y no paredes. Aquí lo atienden, lo escuchan, lo invitan a actividades con la gente de la cultura, la radio, el museo. Aquí celebran cumpleaños colectivos, comparten canciones, organizan encuentros. Aquí, sobre todo, lo llaman por su nombre.
Se encuentra bien. En perfecto estado de salud. Pero lo que más se le nota sano es el ánimo. Hay una dignidad particular en los hombres que han trabajado duro y luego aceptan descansar sin sentirse desplazados. Wilfredo no vive al margen del mundo: vive dentro de él, desde otra perspectiva.
La tercera edad, vista desde fuera, a veces parece un punto final. Para él es una pausa luminosa, un espacio donde todavía germinan proyectos, amistades nuevas y relatos que esperan ser contados.
Tal vez la vida sea eso: cambiar de escenario sin perder la esencia. Del Entronque de Herradura a Palmarejo. De los almacenes al dominó. Del inventario al cuento. Del apuro al disfrute.
Y mientras acomoda una ficha blanca sobre la mesa, mientras alguien le pide que repita aquella anécdota de los tiempos duros, Wilfredo confirma que envejecer no es apagarse.
Es aprender a florecer desde la raíz.
