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Felicia González Camejo: fábula viva de respeto y humanidad.

En Sandino, cuando la ciudad duerme y el silencio se hace profundo, hay una mujer que convierte su oficio en leyenda. Felicia González Camejo no es solo administradora de servicios fúnebres: es capillera, auxiliar de limpieza, veladora, y cuando falta un sepulturero, ella misma asegura con firmeza: “Se cuenta con capacidad.”

Su vida recuerda la fábula del colibrí que, frente al incendio del bosque, llevaba gotas de agua en su pequeño pico. Los demás animales se burlaban, pero él respondía: “Yo hago mi parte.” Así es Felicia: en medio de carencias y dificultades, multiplica sus manos y su corazón para que cada despedida sea digna.

Cada silla acomodada, cada rincón limpio, cada palabra de consuelo es una gota de agua contra el incendio del dolor. Y aunque parezca poco, para las familias que la reciben es todo: es humanidad, es respeto, es la certeza de que sus seres queridos parten con dignidad.

Dicen los vecinos que en las noches de vela, cuando Felicia camina entre flores y silencios, se siente una paz especial. Como si las almas agradecieran su delicadeza, como si su entrega tejiera un puente entre la vida y la muerte. Esa es la huella de quienes trabajan con respeto: se convierten en guardianes de la memoria.

Felicia es el colibrí de Sandino, la mujer que nunca deja sola a una familia, que nunca permite que un fallecido carezca de un adiós digno. Su historia ya no es solo la de una trabajadora de Comunales: es la de una mujer que, con su ejemplo, se ha convertido en fábula viva de respeto y humanidad.

Y por eso, cada 15 de febrero, cuando Cuba celebra el Día del Trabajador de Comunales, su nombre se alza como símbolo de grandeza silenciosa, recordándonos que la dignidad se construye gota a gota, con manos que sirven y corazones que respetan.

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