Crónica de una operación llamada gratitud
El 29 de enero de 2026, en el salón de operaciones Sandino, la vida me llevó a un umbral de fuego y ternura: una histerectomía total que no fue solo cirugía, sino un poema colectivo escrito con manos, voces y corazones.
Allí estuvieron los ginecólogos Katy y Galia, columnas de luz que sostuvieron la certeza. La enfermera Kety y Ariagni, con manos que parecían alas, y Martica, que se convirtió en faro de serenidad. El equipo de anestesia, con Yeleny como nombre que guardo, fue puente hacia la confianza. Los camilleros, discretos y firmes, hicieron de cada traslado un acto de amor.
El personal administrativo, héroes invisibles, mantuvo la planta eléctrica —rota, frágil, casi vencida— encendida con entrega y capacidad, sin apagarse, como un corazón que late contra la adversidad. Gracias a ellos, cuatro operaciones pudieron realizarse en un mismo posoperatorio: milagro de resistencia, hazaña de humanidad.
Entre los nombres que no recuerdo, pero cuyos rostros están tatuados en mi alma, se encuentra el muchacho Moreno, quien me canalizó la vena con manos de artista. Su gesto fue majestuoso: reconoció el cuidado de mi piel como quien acaricia un lienzo. Él no solo cumplió su tarea, me regaló un instante de belleza, un verdadero obsequio de la vida.
En la guardia, una enfermera cuyo apellido comparto, Montano, me recordó que la fraternidad también se escribe en coincidencias.
Cada uno , fueron poetas del cuidado, artesanos de la esperanza. En sus manos no hubo rutina, hubo amor. En sus gestos no hubo indiferencia, hubo intensidad.
Hoy quiero que esta crónica sea pública, porque la gratitud no debe quedarse en silencio. A ustedes les digo: su labor es canto, su entrega es luz, su presencia es certeza de que la bondad siempre vence a la maldad.
Mi corazón, hoy, está lleno de ustedes. Esta operación no fue solo un tránsito médico: fue un encuentro con la belleza de lo humano, con la intensidad del amor que se entrega sin medida.
