De Sandino

Oropouche en Sandino: el virus que llegó sin hacer ruido

En Sandino, donde el calor parece eterno y los insectos son parte del paisaje, ha comenzado a circular un visitante indeseado: el virus Oropouche. Transmitido por jejenes diminutos —esos que no se ven pero se sienten—, este arbovirus ha empezado a mostrar su rostro en zonas del Caribe y América Latina, y Cuba no ha quedado al margen.

La enfermedad, de síntomas similares al dengue y al chikungunya, provoca fiebre, dolor de cabeza, malestar general y, en algunos casos, complicaciones graves. Aunque la mayoría de los pacientes se recupera rápidamente, la falta de diagnóstico oportuno y la confusión con otras enfermedades hacen que su presencia se subestime.

En Sandino, la vigilancia epidemiológica se ha reforzado. Las autoridades sanitarias insisten en la importancia del control vectorial, el uso de repelentes, la eliminación de criaderos y la protección individual, especialmente en zonas rurales y periféricas donde los jejenes encuentran su hábitat ideal.

Pero más allá de las cifras, el virus del Oropouche revela algo más profundo: la fragilidad de los sistemas de salud ante lo inesperado, la necesidad de educación comunitaria, y la urgencia de mirar con atención lo que parece invisible. Porque en Sandino, como en tantos otros lugares, la salud pública no solo se defiende con medicamentos, sino con información, prevención y compromiso colectivo.

Y mientras el sol sigue cayendo sobre los techos , los jejenes siguen volando. Silenciosos. Persistentes. Como si supieran que el olvido también es un vector.

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