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Una obra de infinito amor

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Eran los años 90 y comenzaba mi vida escolar, tenía curiosidad y deseos de aprender, mi maestra me inspiraba, quería ser como ella. Su sencillez no le dejaba ver cuánto de valor había en la sabiduría que entregaba, no pensaba en premios, regalos, ni siquiera en un salario.

Llegaba temprano, vestida impecablemente, se paraba en la puerta del aula y saludaba a cada estudiante. Sus primeras palabras iban dirigidas siempre hacia la consideración que debíamos tener con las auxiliares de limpieza, exhortaba a no botar papeles en el piso, ni sacar puntas a los lápices fuera del cesto de la basura. Siempre con frases de elogio para todos.

La celebración en noviembre del Día del Estudiante era sagrada. En sus manos traía dulces y refrescos y creo que durante muchísimos años mantuvo esa práctica.

Los de mi grupo aprendimos de ella en todos los órdenes de la vida, sobre todo como ser humano, revolucionario y profesional. Un día ya siendo toda una profesional le dije: “Usted debía haber sido profesora de ética”. Se rió y no le dio importancia a mis palabras.

Es que los buenos maestros nacen y se hacen. Nacen porque llevan en sí la vocación de enseñar, de multiplicar el aprendizaje entre quienes necesitan de sus experiencias y sabidurías. Y se hacen porque en la marcha de la vida y en el decurso de las aulas van madurando como docentes y aportándole cada vez más al oficio o a la profesión.

De esos tiempos de estudiante guardo entrañables recuerdos, entre estos sus clases. A ella le debemos varias generaciones los conocimientos que nos trasmitió en una época en la que pocos docentes se preocupan por enseñar sobre cultura general.

 Quizás fui de sus alumnas, la más malcriada, pero también la más agradecida. La rectitud en el aula —acompañada siempre de adecuados métodos educativos— contribuyó a formar una generación de profesionales calificados y comprometidos. La ética y el ejemplo personal le acompañaron hasta sus  últimas clases.

Este 22 de diciembre, Día del Educador, en esta crónica va implícito el reconocimiento oportuno a quienes todos los días, en cualquier circunstancia y medio, hacen del magisterio una profesión de amor.

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Lillany Rodríguez Ramos
Periodísta del Telecentro Sandino Visión

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